El origen de la ciudad de Cartagena se pierde en el viento del tiempo.
Se ha relacionado tradicionalmente a Cartagena con la ciudad de Mastia, del reino de Tartessos, ciudad a la hace referencia, Rufo Phesto Avieno, que en su poema geográfico “Ora Marítima” habla de la ciudad de Mastia, la cual formaría parte, de la confederación de ciudades tartésicas situándola en el límite de su frontera oriental.
Cartagena fue oficialmente fundada, posiblemente sobre la antigua ciudad mastiena, por el general cartaginés Asdrubal, en el año 223 a.C., a la que denominó Quart-Hadast (Ciudad Nueva).
Posteriormente la urbe fue conquistada para Roma en el año 209 a.C. por Publio Cornelio Escipión El Africano y recibió el nombre de Carthago Nova.
Bajo la dominación romana, los autores hacen referencia de la misma como una ciudad de primer orden a tenor del título que recibió de Cesar: “Colonia Urbs Iulia Nova Cartago” en el año 42 a.C.
Bajo el poder de Roma, estuvo 600 años hasta que en el 428 d.C., fue completamente destruida y tomada por Vándalos y otros pueblos de origen germánico.
En el 551 d.C., fue tomada por el emperador bizantino Justiniano; se reconstruye la ciudad, la cual se convierte en la capital de la provincia bizantina de Spania, con el nombre de Cartago Spartaria. La ciudad fue de nuevo destruida y tomada por los visigodos en el año 615 d.C.
En el 713 d.C., ya bajo dominación árabe, pasó a denominarse Quartayana al Halfa. Bajo este dominio la ciudad apenas es mencionada en algún que otro documento. A Cartagena, debemos imaginarla, por aquel entonces, como una pequeña población agrupada en dentro del fortificado Cerro de la Concepción, basando su actividad económica en la pesca.
Cartagena fue reconquistada por Alfonso X El Sabio, hijo de Fernando III, El Santo para la corona de Castilla en el 1245.
En los siglos XIII y XIV, la situación estratégica de la plaza y su magnífico puerto motiva la fortificación de la ciudad para que se convierta en la base de la lucha contra los piratas Berberiscos. Situación estratégica que se afianza bajo los reinados de Carlos V y Felipe II, ya en el siglo XVI.
El siglo XVII supuso para Cartagena un nuevo periodo de decadencia o estancamiento; por el puerto de la ciudad salieron en 1610 los moriscos expulsados por Felipe III. En este siglo la ciudad sufre dos grandes epidemias de peste que, unidas una sucesión de malas cosechas diezmaron su, ya de por sí, escasa población.
En el siglo XVIII la ciudad experimenta una época de esplendor bajo la dinastía de los Borbones. Cartagena es nombrada Capital del Departamento Marítimo del Mediterráneo, se inicia la construcción del Arsenal Militar, se amuralla y fortifica la ciudad.
En el siglo XIX, con el redescubrimiento de los filones de galena argentífera en las Sierras de la Unión y Portman, se produce un auge comercial en la comarca, que favorece la reconstrucción del tejido urbano ciudadano.
La sublevación cantonal, en 1873, contra el gobierno central, supuso la destrucción de gran parte de la ciudad la cual se fue regenerando durante los últimos años del este siglo y principios del siguiente.
El siglo XX, se inicia con una profunda crisis económica producto del agotamiento de los recursos mineros de su cuenca; crisis que se manifiesta en el descontento social generalizado y que desemboca con la proclamación de la II República, en 1931, y el derrocamiento de la monarquía. Entre 1936 y 1939 la ciudad es nuevamente castigada por los continuos bombardeos de la Guerra Civil ya que la ciudad permaneció leal al bando republicano hasta el último día de la Contienda.
Esta es, a grandes rasgos la historia de esta vieja ciudad mediterránea; ciudad que tiene mucho que ofrecer al visitante: un emplazamiento de gran belleza y unas calles y una gente en la que la historia ha ido dejando su huella.
La Cartagena del siglo XXI tiene enormes posibilidades de convertirse en una ciudad sugerente por su tamaño mediano, su localización, su clima, sus restos arqueológicos, su casco antiguo, unas remozadas vías de comunicación, una Universidad y una oferta turística variada y amena.

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